• Adrián Chávez

El elefante nunca olvida

Ayer se anunció que los programas de Chespirito, entre ellos El Chavo del ocho, dejarán de transmitirse en todo el mundo debido a un conflicto de derechos entre los herederos del comediante y Televisa. A la luz de la coyuntura, reproduzco íntegro este ensayo, que forma parte de mi libro Strauss quería pastel (el cual pueden descargar gratuitamente acá).

«Éste es el programa número uno de la televisión humorística», aseguraba la voz de un hombre mientras la pantalla se llenaba con los créditos de entrada sobre la figura alegre de un huérfano jugando futbol con una lata. De fondo sonaba lo que hasta ahora se conoce como «El tema del Chavo del Ocho», y que en realidad es «The Elephant Never Forgets», de Jean-Jaques Perrey, pionero de la música electrónica. De hecho, Roberto Gómez Bolaños, Chespirito, creador y protagonista de dicha comedia, utilizó la canción por años como cortinilla sin molestarse en pagar derechos, hasta que el músico francés interpuso una demanda contra Bolaños y contra Televisa, quien transmitía (y a la fecha transmite) el programa.


Tengo amigos que supieron muy jóvenes quiénes eran Hegel y Marx (apellidos que yo no conocí hasta la universidad) porque sus padres guardaban libros de ellos en la biblioteca familiar. «Biblioteca» y «familiar» son de hecho dos palabras que no imaginé juntas hasta que inauguré la de mi casa después de los veinte años. En cambio, tuve al Chavo y su intro musical robado que sonaba a la hora de la comida en mis años de secundaria. No sé bien por qué; mi madre lo aborrecía. Quizá me conviene decir que tampoco sé por qué lo veía, con tal de no aceptar que tal vez me gustaba.


Tuve al Chavo como tuve otros referentes de la cultura pop mexicana que mis contemporáneos más cercanos ven con una mezcla de ternura y asco, pero que en mi casa eran telón de fondo cotidiano; ya me sabía algunas canciones de Yuri y de Manuel Mijares cuando mis amigos (no necesariamente los mismos que leyeron a Hegel) descubrían a los Beatles o a Queen, en el mejor de los casos, o a cualquier banda estadounidense o inglesa de rock y géneros adyacentes que sonara por la época. Todavía hoy me sorprende mi ignorancia en este último rubro: a pesar de haber tenido educación musical formal por años, estoy atrofiado en términos de cultura musical. Hace dos años, Bob Dylan ganó el Premio Nobel de literatura sin que yo hubiera escuchado jamás una sola de sus canciones; y no sólo eso: al tratar de hacerlo, me descubrí inmune a la veneración que sus composiciones provocan, incapaz de distinguirlo entre tantos otros a los que nunca estuve expuesto cuando debí estarlo. Quizá cierta música, ciertos referentes, como el idioma materno, requieren de una etapa particular de nuestra vida temprana para fijarse sin esfuerzo a nuestras células. Y, como todos los idiomas maternos, tienen algo de arbitrario. Yo hablo Chavo. aunque también, sin querer queriendo, hablaba Perrey, y hasta Beethoven, pues descubrí más tarde que «The Elephant Never Forgets» no era sino una versión modernizada de la Marcha turca que Ludwig van Beethoven escribió para musicalizar Las ruinas de Atenas, una obra del dramaturgo alemán August von Kotzebue estrenada en 1811.


Resulta irónico que del programa cuyo tema musical era ilegal se haya desprendido tal cantidad de circos: el Circo de la Chilindrina, el Circo de Kiko, el Circo del señor Barriga y el Circo del Profesor Jirafales; casi se podría decir que, si hubo personajes de El Chavo del Ocho que no se convirtieron en empresarios circenses, fue porque los actores que los interpretaban murieron antes de poder hacerlo. Los sobrevivientes, en cambio, se dedicaron a lucrar, muchas veces sin el permiso legal de Gómez Bolaños, con la relación parasitaria que desarrollaron con sus personajes, e incluso hoy en día siguen cosechando el éxito que el show sembró en toda Latinoamérica, donde se le idolatra ad absurdum. (El día en que murió Chespirito, una amiga brasileña me escribió desolada para darme el pésame.)


Sin embargo, cuesta juzgar a los actores y actrices que aún se revuelcan en la estela pegajosa de la vecindad del Chavo. Hace mucho que no soy capaz de aguantar un capítulo completo; me empalaga su melodrama, soy inmune a su humor fácil y me repugnan su retrato romantizado de la pobreza y su mensaje implícito de resignación, una «resignación funcional» que, como apunta Fernando Buen abad en un artículo al respecto, «abarca a las buenas costumbres, los honores a la bandera, el culto al buen burgués, [...] la docilidad entre sonrisas, el buen humor, la voluntad inquebrantable para el trabajo» o lo que en últimas fechas llamaríamos resilience porn, un culto al esfuerzo individual en circunstancias adversas que invisibiliza las razones sociales de éstas. Pero quizá Gómez Bolaños no se equivocó al elegir la canción del elefante que no olvida. Elefantes son María Antonieta de las nieves, «La Chilindrina», y Carlos Villagrán, «Quico»*, que cada día se despiertan junto a la sombra de sus personajes. Elefantes somos también quienes crecimos con las retransmisiones de su comedia de pastelazo como con el idioma materno —un hueso duro de roer, según Fabio Morábito—. El Chavo sigue ahí, reciclándose hasta la eternidad en el Canal 5, para recordarnos, no sólo la configuración de nuestras infancias, sino también la de nuestras desigualdades y la de nuestros peores prejuicios. Cuando mi amiga brasileña me escribió para darme el pésame por la muerte de Chespirito, no estaba del todo perdida.


*He escrito su nombre antes con K porque el Circo de Kiko adoptó esa versión para burlar la persecución por derechos de autor, no exenta de ironía, emprendida por Chespirito.

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